domingo, 24 de mayo de 2026

Capítulo 13. Oriente.

Mou:
Vuelo alto. Lo bastante para que nadie mire arriba y vea nada raro. El sol pega de lleno aquí. No hay viento. Es... tranquilo. Casi demasiado. Abajo, el mar se vuelve una sábana arrugada y marrón la tierra.Tardo un rato. Cruzo montañas que parecen espinas gigantes. Desiertos amarillos donde no hay ni una sombra. Y luego, verde. Mucho verde, cortado por ríos que brillan como cuchillos de plata.Empiezo a bajar.
El aire se espesa, huele a tierra mojada y a algo verde que no conozco. Huele a vida. Debajo hay una llanura enorme. Plana como una mesa. Está toda cortada en cuadrados y rectángulos. Agua por todas partes, entre los cortes. Veo gente diminuta, hasta arriba de barro, metida en el agua. Plantan cosas. Con la espalda doblada. Desde aquí parecen hormigas trabajando.Y en medio de todo ese verde, la ciudad.
Es grande. No como la de Dr, con su colina de mármol. Esta es plana, extendida. Una muralla de tierra apisonada la rodea, cuadrada, perfecta. Dentro, las casas son bajas, de madera oscura y tejados que se curvan en las puntas, como si quisieran saltar al cielo. Hay cientos. Miles. Se ven calles rectas. Aquí todo parece... en su sitio. En el centro hay un grupo de edificios más grandes, con más tejados curvos, uno encima de otro. Tienen pinta de importantes. De lejos veo estandartes de colores colgando. Rojos, amarillos. Se mueven con la brisa.
Bajo un poco más. Lo justo para ver bien, pero sin que un arquero con buena vista me confunda con un pájaro raro. La ciudad entera es orden. Calles rectas que cortan todo como con una cuchilla.
Pero en el centro... en el centro el orden se vuelve locura. Hay otra muralla. Esta es más alta, más gorda, de un rojo oscuro. Y dentro de esa muralla, no hay casas normales. Hay palacios. Decenas. Todos pegados, todos conectados por patios enormes de piedra gris. Los tejados. Células, los tejados. No son como los de fuera, que son grises o negros. Estos son amarillos. Un amarillo brillante, lustroso, que refleja el sol. Y todos, todos, tienen las esquinas curvadas hacia el cielo, como cuernos.
En cada esquina hay figuritas. Animalitos de cerámica. Dragones, creo. Uno detrás de otro, del más grande al más pequeño. Como si vigilaran.
No se oye el murmullo de la ciudad aquí. Hay silencio. Un silencio espeso. En los patios hay guardias quietos como estatuas. Lanzas en alto. Armaduras que brillan. No hablan. No se mueven. Solo miran al frente. El edificio más grande está en el centro de todo. Es gigantesco. Se sube por una escalinata de mármol blanco. La puerta es roja, enorme, con clavos dorados del tamaño de mi puño. A los lados, dos leones de piedra. Tienen cara de mala leche.
Conecto mi escaner de audio. Lo programo para que se active con palabras clave: cielo, luna, planetas...
Tras un buen rato funcionando, se activa:
Viejo: ...y entonces, si Marte se mueve así, retrocediendo en el cielo, ¿cómo lo explicas con esferas perfectas? No encaja, Zhang. No encaja. Joven: Maestro, quizás no son esferas. Quizás... quizás el cielo no es un techo. Quizás hay profundidad. Si los planetas estuvieran a distintas distancias... Viejo: [Ríe, sin ganas] ¿Distancias? Nos cortarían la cabeza por decir eso en el patio amarillo. El cielo es perfecto. El Emperador es el hijo del cielo. Si el cielo tiene fallos, el Emperador... Joven: No he dicho fallos. He dicho distinto. Mira. Si este punto es la Tierra, y Marte gira aquí, y nosotros miramos desde aquí... el retroceso es una ilusión. Por la posición.
¡Bingo!, esto ha sido llegar y besar el santo. Registro las coordenadas,. Sigo buscando.

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